Poder disciplinario

 


2025 03 05

 

«La disciplina es un tipo de poder que implica un conjunto de instrumentos, de técnicas, de procedimientos, de niveles de aplicación, de metas, de tecnología. El poder disciplinario fabrica individuos, encauza sus conductas, los guía en la multitud multiplicando sus fuerzas.» «La disciplina produce individuos dóciles y útiles [al poder].» Michel Foucault.

 

Más que nada, por ver si pensamos un poco, y caemos en que no es lo mismo disciplina que voluntad.

Anarchanthropus crapuloideus (Al fondo a la izquierda, por favor)

https://joseluisyela.wordpress.com/2025/03/02/35424/

 

 

Foucault concibe a la disciplina no como una institución o un aparato, sino como el “procedimiento técnico unitario por el cual la fuerza del cuerpo está, con el menor gasto, reducida como fuerza «política», y maximizada como fuerza útil.” (p. 224)

La conformación de una sociedad disciplinaria requería concebir al individuo como una fuente de riqueza. Economistas como Adam Smith (1723-1790) comprendieron la naturaleza del proceso al sostener que la riqueza tenía origen en el trabajo de las personas y no en las cosas en sí. La nueva sociedad estaba basada en el proceso de trabajo capitalista, entendido como la producción de riqueza a partir de la explotación de la fuerza de trabajo. De ahí la centralidad de disciplinar a los individuos (utilizo aquí la palabra “disciplinar” en el sentido que Foucault da a la noción de “disciplina”).

http://www.iunma.edu.ar/notas/FOUCAULT%20Y%20EL%20SURGIMIENTO%20DE%20LA%20SOCIEDAD%20DISCIPLINARIA%20-%20NOTAS%20SOBRE%20VIGILAR%20Y%20CASTIGAR.html

Muy interesante todo el artículo…

 

Foucault y el surgimiento de la sociedad disciplinaria: Notas sobre vigilar y castigar

Por Ariel Mayo - 8 de Febrero de 2022

A modo de introducción

El presente trabajo consiste en una ficha de lectura (con notas y comentarios) sobre Vigilar y castigar (1975), de Michel Foucault (1926-1984). La obra, cuya edición original data de 1975 (París, Gallimard), consta de cuatro libros: Suplicio, Castigo, Disciplina, Prisión. El segundo libro está constituido por tres secciones: I) Los cuerpos dóciles; II) Los medios del buen encauzamiento; III) El panoptismo.

La presente ficha de lectura está dedicada a la tercera sección del segundo libro. Dicha sección ocupa un lugar fundamental en la obra, porque Foucault desarrolla en ella los lineamientos fundamentales de su concepción del poder en la sociedad capitalista. El análisis del panoptismo le sirve para describir el pasaje del poder soberano (centrado en la figura del rey y propio del feudalismo) al poder disciplinario (cuyo objetivo es la obtener de los cuerpos el mayor rendimiento posible).

Como es sabido, el estudio de la transición del feudalismo al capitalismo ocupó un lugar central tanto en las ciencias sociales como en el marxismo. Foucault aborda la cuestión concentrándose en el surgimiento de la sociedad disciplinaria. A pesar de las diferencias en los intereses teóricos-políticos y en el lenguaje, Foucault se acerca aquí al marxismo. En la última parte de esta ficha me referiré someramente este acercamiento. Por el momento, corresponde decir que Foucault concibe a la disciplina no como una institución o un aparato, sino como el “procedimiento técnico unitario por el cual la fuerza del cuerpo está, con el menor gasto, reducida como fuerza «política», y maximizada como fuerza útil.” (p. 224).

La conformación de una sociedad disciplinaria requería concebir al individuo como una fuente de riqueza. Economistas como Adam Smith (1723-1790) comprendieron la naturaleza del proceso al sostener que la riqueza tenía origen en el trabajo de las personas y no en las cosas en sí. La nueva sociedad estaba basada en el proceso de trabajo capitalista, entendido como la producción de riqueza a partir de la explotación de la fuerza de trabajo. De ahí la centralidad de disciplinar a los individuos (utilizo aquí la palabra “disciplinar” en el sentido que Foucault da a la noción de “disciplina”).

Trabajé con la traducción española de Aurelio Garzón del Camino: Foucault, M. (2006). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina.

Abreviaturas utilizadas:

PD = Poder disciplinario; SD = Sociedad disciplinaria; VyC = Vigilar y Castigar.

 

El “gran encierro: la peste y la puesta en práctica del poder de la disciplina

Foucault explica los mecanismos disciplinarios a partir de la descripción del conjunto de medidas que adoptaba la ciudad para hacer frente a la peste. [1]

Los mecanismos son tres: a) una estricta división especial, que recorta el espacio de la ciudad y pega a cada uno en su puesto. Si alguien se mueve de ese lugar, es ejecutado; b) la inspección continua, llevada a cabo por un cuerpo de milicia que controla cada una de las casas de la ciudad; c) la vigilancia se apoya en un sistema de registro (escrito) permanente.

Foucault describe así el modelo:

“Este espacio cerrado, recortado, vigilado, en todos sus puntos, en el que los individuos están insertos en un lugar fijo, en el que los menores movimientos se hallan controlados, en el que todos los acontecimientos están registrados, en el que un trabajo ininterrumpido de escritura une el centro y la periferia, en el que el poder se ejerce por entero de acuerdo con una figura jerárquica continua, en el que cada individuo está constantemente localizado, examinado y distribuido entre los vivos, los enfermos y los muertos – todo esto constituye un modelo compacto del dispositivo disciplinario.” (p. 201).

La peste es el desorden en la ciudad; la disciplina la enfrenta imponiendo el orden mediante el análisis y la vigilancia continua. La peste mezcla; la disciplina separa a los sanos de los infectados.

Las medidas disciplinarias adoptadas para enfrentar la peste representan un salto cualitativo respecto al “gran encierro” practicado frente a la lepra. Foucault compara ambas políticas: la lepra suscitó la división masiva y binaria entre unos (los sanos) y otros (los enfermos); la peste, en cambio, promovió “esquemas disciplinarios”: “apela a separaciones múltiples, a distribuciones individualizantes a una organización en profundidad de las vigilancias y de los controles, a una intensificación y a una ramificación del poder.” (p. 202).

La lepra y la peste son enfrentadas con políticas que conciben de manera diferente a la sociedad. La lepra representa el ideal de la comunidad pura, que excluye a los “impuros”. La peste es el ejemplo del “buen encauzamiento de la conducta”. (p. 202).

Foucault concluye la comparación señalando que las técnicas para hacer frente a la lepra y la peste no eran incompatibles; el siglo XIX las aproximó, aplicando “al espacio de exclusión cuyo habitante simbólico era el leproso (y los mendigos, los vagabundos, los locos, los violentos, formaban su población real) la técnica de poder propia del reticulado disciplinario.” (p. 202).

El asilo psiquiátrico, la penitenciaría, el correccional, el establecimiento de educación vigilada, los hospitales, en definitiva, todas las instancias de control individual, “funcionan de doble modo: el de la división binaria y la marcación (loco-no loco; peligroso-inofensivo; normal-anormal); y el de la asignación coercitiva, de la distribución diferencial (quién es; dónde debe estar; por qué caracterizarlo, cómo reconocerlo; cómo ejercer sobre él, de manera individual, una vigilancia constante, etc.).” (p. 203).

Ahora bien, la peste es un modelo experimental, en el sentido de que sólo se aplica en situaciones excepcionales; es una especie de laboratorio en el que se ponen en práctica los esquemas disciplinarios. Puede decirse que fue la primera etapa del programa disciplinario. La etapa siguiente consistió en la extensión de la excepción (la peste) a lo cotidiano. El Panóptico cumplió esa función.

 

El Panóptico de Bentham [2]

Jeremy Bentham (1748-1832), el filósofo inglés creador del utilitarismo, ideó el modelo del Panóptico con el objetivo de reemplazar al viejo modelo de prisión imperante a finales del siglo XVIII. Foucault sostiene que el Panóptico no se limita al caso específico de la prisión; “por el contrario, debe ser comprendido como un modelo generalizable de funcionamiento; una manera de definir las relaciones de poder con la vida cotidiana de los seres humanos.” (p. 208). En otras palabras, “es de hecho una figura de tecnología política que se puede y que se debe desprender de todo uso específico.” (209).

Foucault concibe al panóptico como el modelo de las nuevas tecnologías disciplinarias. Es una herramienta para “perfeccionar el ejercicio del poder”. El Panóptico contribuye a ese perfeccionamiento de varias maneras: a) reduce el número de los que ejercen el poder, a la vez que multiplica el número de aquellos sobre quienes se ejerce; b) permite intervenir a cada instante, anticipándose a los acontecimientos; c) su fuerza “estriba en no intervenir jamás, en ejercerse espontáneamente y sin ruido, en constituir un mecanismo cuyos efectos se encadenan los unos a los otros” (p. 209); d) por medio de la arquitectura y la geometría, actúa directamente sobre los individuos.

¿Cómo logra el Panóptico esa perfección del poder? Invirtiendo el principio del calabozo. Mientras las funciones de éste son encerrar, privar de luz y ocultar, el Panóptico se limita a encerrar, suprimiendo las otras dos: “La plena luz y la mirada de un vigilante captan mejor que la sombra. La visibilidad es una trampa.” (p. 204). De este modo, un vigilante situado en la torre central, rodeada por el anillo donde se ubican las celdas de los prisioneros, puede vigilar a una multitud de personas. Los presos se saben vigilados; el guardián nunca es visto. La vigilancia (el poder) se convierte en una presencia omnipresente.

La estructura del Panóptica tiene consecuencias importantes sobre el Poder:

“El Panóptico es una máquina de disociar la pareja ver-ser visto: en el anillo periférico, se es totalmente visto, sin ver jamás; en la torre central, se ve todo, sin ser jamás visto. Dispositivo importante, ya que automatiza y desindividualiza el poder. Éste tiene su principio menos en una persona que en cierta distribución concertada de los cuerpos, de las superficies, de las miradas; en un equipo cuyos mecanismos internos producen la relación en la cual están insertos los individuos.” (p. 205).

La contribución del Panóptico al arte de la política consiste, en palabras de Foucault en:

“En suma, hace de modo que el ejercicio del poder no se agregue del exterior, como una coacción rígida o como un peso, sobre las funciones en las que influye, sino que esté en ellas lo bastante sutilmente presente para aumentar su eficacia aumentando él mismo sus propias presas. El dispositivo panóptico (…) es una manera de hacer funcionar unas relaciones de poder en una función, y una función por esas relaciones de poder.” (p. 210)

El Panóptico es un amplificador del poder, una manera de hacerlo llegar a todos los rincones de la sociedad. ¿Para qué? En este punto es imprescindible conectar la institución del Panóptico con el desarrollo del capitalismo. Cabe recordar que la organización capitalista de la sociedad requiere una expansión constante de las fuerzas productivas [3] y que esa expansión está atada al aumento de la explotación de la fuerza de trabajo por medio de la apropiación de plusvalor absoluto y relativo por los capitalistas. [4] Como en el capitalismo los trabajadores son libres en términos jurídicos, esa explotación tiene que realizarse sin recurrir (salvo en casos de rebelión de los trabajadores) a la violencia física. Marx sostiene que, una vez desarrollado, el capitalismo ejerce la dominación de manera automática, por medio de la coerción económica. [5] Esa dominación, sin embargo, no es tan automática. Requiere de la puesta en práctica de una serie de mecanismos que garanticen que el sometimiento de los trabajadores se reproduzca constantemente. En este punto intervienen las instituciones panópticas:

“El Panóptico (…) tiene un poder de amplificación; si acondiciona el poder, si quiere hacerlo más económico y más eficaz, no es por el poder en sí, ni por la salvación inmediata de una sociedad amenazada: se trata  de volver más fuertes las fuerzas sociales – aumentar la producción, desarrollar la economía, difundir la instrucción, elevar el nivel de la moral pública; hacer crecer y multiplicar.” (p. 211).

Amplificación de la capacidad productiva de cada individuo a partir de una vigilancia continua, de un control llevado a todos los lugares de la sociedad.

“¿Qué intensificador de poder podrá ser a la vez un multiplicador de producción? ¿Cómo al aumentar sus fuerzas, podrá el poder acrecentar las de la sociedad en lugar de confiscarlas o de frenarlas? [6] La solución del Panóptico a este problema es que el aumento productivo del poder no puede ser garantizado más que si de una parte tiene la posibilidad de ejercerse de manera continua en los basamentos de la sociedad, hasta su partícula más fina, y si, por otra parte, funciona al margen de esas formas repentinas, violentas, discontinuas, que están vinculadas al ejercicio de la soberanía.” (p. 211).

La vigilancia continua (aunque ésta no se haga efectiva en la práctica, porque hay momentos en que el vigilante puede dormitar o distraerse) reduce al mínimo la necesidad de la coerción por medio de la violencia física.

“El que está sometido a un campo de visibilidad, y que lo sabe, reproduce por su cuenta las coacciones del poder; las hace jugar espontáneamente sobre el mismo; inscribe en sí mismo la relación de poder en la cual juega simultáneamente los dos papeles; se convierte en el principio de su propio sometimiento. Por ello, el poder externo puede aligerar su peso físico; tiende a lo incorpóreo; y cuanto más se acerca a este límite, más constantes, profundos, adquiridos de una vez para siempre e incesantemente prolongados serán sus efectos: perpetua victoria que evita todo enfrentamiento físico y que siempre se juega de antemano.” (p. 206; el resaltado es mío – AM-).

En este punto corresponde hacer una comparación con la concepción marxiana de la dominación. Paradójicamente, Marx avanza más que Foucault en el terreno de la impersonalidad del poder o, para ser más exactos, fundamenta mejor las causas del desarrollo de esa impersonalidad y las ubica en el terreno de la (larga) transición del feudalismo al capitalismo. El capitalismo es una forma de organización social basada en la propiedad privada de los medios de producción, que pertenecen a la clase capitalista; los asalariados, expropiados de esos medios, sólo poseen su fuerza de trabajo. Como en el capitalismo los medios de subsistencia (la comida, la bebida, la ropa, la vivienda, etc.) son mercancías, pueden ser adquiridos únicamente mediante la compra con dinero contante y sonante (omito la cuestión de las tarjetas de crédito, vales, etc., pues carece de relevancia para el argumento). Esto obliga a los trabajadores a vender su fuerza de trabajo en el mercado, convirtiéndose en asalariados. Marx denomina coerción económica a este fenómeno; a su acción hay que sumarle el hecho de que los trabajadores son libres en términos jurídicos y que, por lo tanto, pueden adquirir legalmente bienes y enriquecerse. A diferencia de otras formas de organización social, el capitalismo permite el ascenso social sin importar las características personales (género, raza, religión, etc.) del individuo en cuestión (digo individuo porque la clase trabajadora en su conjunto no puede enriquecerse y convertirse en clase capitalista pues, ¿quién sería explotado entonces?).

La coerción económica está en la base de los dispositivos disciplinarios que estudia Foucault. La coerción económica permite comprender la impersonalidad de las relaciones de dominación. En el célebre apartado cuarto del primer capítulo del Libro I de El capital (1867), dedicado al fetichismo de la mercancía, Marx desarrolla la cosificación de las relaciones sociales bajo el capitalismo; en pocas palabras, parece que las cosas gobernaran a las personas: máximo nivel de impersonalidad. [7] Todo esto es dejado de lado por Foucault, que hace depender el carácter impersonal del poder de la puesta en práctica de los mecanismos disciplinarios.

Retomando el análisis del Panóptico, hay que señalar que Foucault considera que este mecanismo sirve también para construir un saber de los seres humanos, dada que pone bajo constante observación a las personas. En este sentido, funciona como “una especie de laboratorio de poder”. En este laboratorio encuentran su origen las disciplinas sociales modernas.

 

Transformaciones del programa disciplinario

Si el tratamiento de la peste representó un salto cualitativo respecto al “gran encierro”, la implementación de dispositivos panópticos marcó otro salto hacia adelante. Mientras que la peste fue enfrentada con medidas de excepción que eran dejadas de lado no bien desaparecía la causa que las había ocasionado, los dispositivos panópticos vinieron para quedarse.

El poder soberano, cuya encarnación era el rey y que correspondía a la sociedad feudal, es desplazado por el PD, cuyo mecanismo modelo es el Panóptico y que se corresponde con el surgimiento del capitalismo. Es un poder que se ejerce en todos los niveles de la sociedad y que tiene como uno de sus objetivos primordiales la multiplicación de la capacidad productiva de los cuerpos de los trabajadores. Los dispositivos panópticos y disciplinarios, los primeros dedicados a vigilar a los individuos, los segundos a encauzarlos por la “buena senda” del trabajo capitalista, se entrelazan y producen una nueva “anatomía política”, cuyo “objeto y fin no son la relación de soberanía sino las relaciones de fuerza.” (p. 212).

Foucault remarca que el Panóptico es mucho más que un proyecto específico elaborado por Bentham. Es una nueva manera de concebir el poder, propio de esa nueva forma de organización social que es el capitalismo.

“Con estas disciplinas que la época clásica elaborara en lugares precisos y relativamente cerrados – cuarteles, colegios, grandes talleres – y cuyo empleo global no se había imaginado sino a la escala limitada y provisional de una ciudad en estado de peste, Bentham sueña hacer un sistema de dispositivos siempre y por doquier alerta, que recorrieran la ciudad sin laguna ni interrupción. La disposición panóptica da la fórmula de esta generalización. Programa, al nivel de un mecanismo elemental y fácilmente transferible, el funcionamiento de base de la sociedad toda ella atravesada y penetrada por mecanismos disciplinarios.” (p. 212).

La lectura de VyC en 2019 agrega un matiz a lo anterior. Vistas las cosas desde el punto de los recursos técnicos, hoy en día es factible implementar un control total de la población por medio de dispositivos informáticos y concretar esa utopía del poder: la vigilancia permanente sobre todos los individuos. El Panóptico requería de dispositivos de una materialidad dura, consistentes en los muros y las torres. En la actualidad, la vigilancia puede realizarse con dispositivos mucho más inmateriales que los del siglo XIX. Sin embargo, es el propio desarrollo del capitalismo (no las necesidades de un Poder “abstracto”), el despliegue de su lógica interna, el que promueve ese reforzamiento constante de la vigilancia.

 

Procesos históricos que confluyen en la formación de la sociedad disciplinaria

Foucault sintetiza lo expuesto afirmando que entre los siglos XVII y XVIII se formó la SD. Este período formativo se caracterizó por el pasaje de la disciplina-bloqueo, cuyo ejemplo paradigmático es el conjunto de medidas para enfrentar la peste, a la disciplina-mecanismo, cuyo emblema es el Panóptico; todo esto, en el marco de una extensión y multiplicación de las instituciones de disciplina (hospitales, cuarteles, escuelas, talleres).

Este incremento de las instituciones disciplinarias es parte de procesos sociales más profundos. Los tres procesos más importantes son:

1)      La inversión funcional de las disciplinas: en sus orígenes, las disciplinas tenían por objetivo neutralizar los peligros de las multitudes, de las concentraciones numerosas; con el advenimiento del capitalismo se pide de las disciplinas el desempeño de un papel positivo, “haciendo que aumente la utilidad posible de los individuos.” (p. 213). Este aumento de la utilidad, cuya finalidad es siempre económica, es la clave para comprender la extensión de las instituciones disciplinarias.

Foucault ejemplifica lo expuesto en el párrafo anterior con el caso del taller: “La disciplina del taller, sin dejar de ser una manera de hacer respetar los reglamentos y las autoridades, de impedir los robos o la disipación, tiende a que aumenten las aptitudes, las velocidades, los rendimientos, y por ende las ganancias; moraliza siempre las conductas pero cada vez más finaliza los comportamientos y hace que entren los cuerpos en una maquinaria y las fuerzas en una economía.” (p. 213). Nada de esto tiene sentido si no se inserta en el contexto de la explotación capitalista y el “hambre” de plusvalor que “padece” incesantemente el empresario. Extraer la mayor utilidad posible de cada individuo, aumentar la explotación (consistente en la producción de plusvalor y su apropiación por el capitalista): he aquí las claves para entender el desarrollo de la SD.

“Las disciplinas funcionan cada vez más como unas técnicas que fabrican individuos útiles. De ahí el hecho de que se liberen de su posición marginal en los confines de la sociedad, y que se separen de las formas de la exclusión o de la expiación, del encierro o del retiro. (…) De ahí también que tiendan a implantarse en los sectores más importantes, más centrales, más productivos de la sociedad; que vengan a conectarse sobre algunas de las grandes funciones esenciales: la producción manufacturera, la transmisión de conocimientos, la difusión de aptitudes y de tacto, el aparato de guerra. De ahí, en fin, la doble tendencia que vemos desarrollarse a lo largo del siglo XVIII a multiplicar el número de las instituciones de disciplina y a disciplinar los aparatos existentes.” (p. 214; el resaltado es mío – AM-).

En pocas palabras, la expansión de la SD va de la mano con el desarrollo del capitalismo. Todas las relaciones sociales deben ser “disciplinadas” en función de la producción de plusvalor.

2)      La enjambrazón de los mecanismos disciplinarios: las instituciones disciplinarias dejan de ser instituciones cerradas sobre sí mismas y pasan a desarrollar un enjambre de controles hacia el exterior. Dicho de otro modo, los procedimientos disciplinarios desarrollados en su interior se transfieren a otros ámbitos de la sociedad. Por ejemplo, los hospitales pasan a ser puntos de apoyo para la vigilancia médica de la población externa. También aparecen focos de control diseminados en toda la sociedad (casos de los grupos religiosos, las asociaciones de beneficencia, etc.).

 

3)     La nacionalización de los mecanismos de disciplina: La SD pasó a requerir, una vez alcanzado cierto nivel de desarrollo, la creación de una institución capaz de apropiarse de “instrumentos de una vigilancia permanente, exhaustiva, omnipresente, capaz de hacerlo todo visible, pero a condición de volverse ella misma invisible.” (p. 217). Esta institución es la policía.

El poder policíaco constituye una pieza fundamental de la SD: “es un aparato que debe ser coextensivo al cuerpo social entero y no sólo por los límites extremos que alcanza, sin por la minucia de los detalles de que se ocupa.” (p. 216). A diferencia de otros organismos estatales, la policía se ocupa de lo elemental, de lo pasajero, del rumor. Registra, “a diferencia de los métodos de la escritura judicial o administrativa, (…) [las] conductas, actitudes, virtualidades, sospechas – una toma en cuenta permanente del comportamiento de los individuos.” (p. 217).

La generalización del aparato policiaco en el siglo XVIII marca el triunfo de la SD, la consolidación de ésta. La policía tiene una función primordialmente disciplinaria, además de sus funciones de control de las revueltas y auxiliar de la justicia en la persecución de los criminales. Esta función disciplinaria es “compleja, ya que une el poder absoluto del monarca a las más pequeñas instancias de poder diseminadas en la sociedad; ya que, entre estas diferentes instituciones cerradas de disciplina (talleres, ejércitos, escuelas), extiende una red intermedia, que actúa allí donde aquéllas no pueden intervenir, disciplinando los espacios no disciplinarios; pero que cubre, une entre ellos, garantiza con su fuerza armada: disciplina intersticial y metadisciplina.” (p. 218).

 

La sociedad disciplinaria:

El proceso descripto en los apartados anteriores es el de la formación de la SD. Consiste “en el movimiento que va de las disciplinas cerradas, especie de «cuarentena» social, hasta el mecanismo indefinidamente generalizable del «panoptismo». “ (p. 219).

Foucault utiliza las reflexiones de Nikolaus Heinrich Julius (1783-1862), médico alemán que promovió las reformas de las cárceles. Julius sostuvo que la Antigüedad había sido una sociedad del espectáculo pues en ella se procuraba hacer accesible a una multitud de personas un número pequeño de objetos. Por ejemplo, el rey estaba expuesto a la visibilidad de las multitudes. En cambio, la Modernidad se proponía resolver el problema inverso: lograr que un pequeño número de individuos pudiera observa instantáneamente a una gran multitud. La solución al problema era el Panóptico. De este modo, la transición del feudalismo al capitalismo podía concebirse como el pasaje de la sociedad del espectáculo a la sociedad de la vigilancia.

La formación de la SD remite a cierto número de procesos sociales más amplios. Foucault indica el lugar que ocupa la SD en ese marco más amplio.

1) “De una manera global puede decirse que las disciplinas son unas técnicas para garantizar la ordenación de las multiplicidades humanas.” Ahora bien, Foucault señala que este problema se le presenta a todo “sistema de poder”. Lo específico de las disciplinas [que no es otra cosa que la solución al problema desarrollada por el capitalismo naciente] está contenido en tres criterios que guían la táctica de poder de la SD: a) hacer del ejercicio del poder lo menos costoso posible; b) hacer que los efectos de ese poder alcancen el máximo de intensidad y que se extiendan lo más lejos posible [hasta abarcar a toda la sociedad, hasta llegar a todos los rincones de la sociedad]; c) ligar crecimiento “económico” del poder y rendimiento de los aparatos en el interior de los cuales se ejerce.

 ¿A qué coyuntura pretenden dar respuesta las disciplinas?

 Por un lado, el gran impulso demográfico del siglo XVIII, que multiplicó la población flotante (el nomadismo) y produjo un cambio en la escala cuantitativa de los grupos que se trataba de controlar o manipular.  Por otro lado, el crecimiento del aparato de producción. Hay que recordar que la economía mercantil se hallaba en pleno desarrollo en el siglo de las Luces y que a finales de ese siglo se produjo en Inglaterra la primera Revolución Industrial. Frente a estos cambios, las instituciones propias del feudalismo o del absolutismo resultaban inadecuadas; se lo impedía “la extensión llena de lagunas y sin regularidad de su red, su funcionamiento a menudo conflictual, y sobre todo el carácter «dispendioso» del poder que se ejercía.” (p. 221).

 La extensión de las disciplinas fue la solución a los problemas planteados por el crecimiento de la población y del aparato productivo. Mientras que el poder soberano “procedía esencialmente por extracción (extracción de dinero o de productos por tributación monárquica, señorial y eclesiástica; toma de hombres o de tiempo por las prestaciones personales o los alistamientos, el encierro de los vagabundos o su destierro)” (p. 222), el poder disciplinario utiliza el principio “suavidad-producción-provecho”. Se disciplina a los seres humanos para vencer su resistencia al poder (que era ya un poder cada vez más capitalista) y para hacerlos más productivos, sin necesidad de emplear la violencia. Marx, con otro lenguaje, describe la transición del feudalismo al capitalismo como el pasaje de la coerción extraeconómica (violencia física) a la coerción económica. Foucault se acerca aquí mucho a la concepción marxista de la transición del feudalismo al capitalismo y la mejora en los detalles, al examinar los dispositivos específicos que permiten disciplinar a las personas, algo que se encuentra ausente en la obra de Marx.

Foucault es muy claro:

“Si el despegue económico de Occidente ha comenzado con los procedimientos que permitieron la acumulación del capital, puede decirse, quizá, que los métodos para dirigir la acumulación de los hombres han permitido un despegue político respecto de las formas de poder tradicionales, rituales, costosas, violentas, y que, caídas pronto en desuso, han sido sustituidas por toda una tecnología fina y calculada del sometimiento. De hecho los dos procesos, acumulación de los hombres y acumulación del capital, no pueden ser separados; no habría sido posible resolver el problema de la acumulación de los hombres sin el crecimiento de un aparato de producción capaz a la vez de mantenerlos y de utilizarlos; inversamente, las técnicas que hacen útil la multiplicidad acumulativa de los hombres aceleran el movimiento de acumulación de capital. A un nivel menos general, las mutaciones tecnológicas del aparato de producción, la división del trabajo y la elaboración de los procedimientos disciplinarios han mantenido un conjunto de relaciones muy estrechas. Cada uno de los dos ha hecho al otro posible, y necesario; cada uno de los dos ha servido de modelo al otro.” (p. 223-224; el resaltado es mío – AM-).

2)      En los siglos XVII y XVIII la burguesía, la clase constituida por los propietarios de los medios de producción, conquistó al poder político [el proceso conocido como Revoluciones Burguesas]. Para consolidar esa dominación, se procedió a “la instalación de un marco jurídico explícito, codificado, formalmente igualitario, y [a la] organización de un régimen de tipo parlamentario y representativo.” (p. 224). Este proceso es bien conocido. Sin embargo, la consolidación de la dominación burguesa tuvo otra vertiente, que permaneció oculta:

“Bajo la forma jurídica general que garantizaba un sistema de derechos en principio igualitarios había, subyacentes, esos mecanismos menudos, cotidianos y físicos, todos esos sistemas de micropoder esencialmente inigualitarios y disimétricos que constituyen las disciplinas. Y si, de una manera formal, el régimen representativo permite que directa o indirectamente, con o sin enlaces, la voluntad de todos forme la instancia fundamental de la soberanía, las disciplinas dan, en la base, garantía de la sumisión de las fuerzas y de los cuerpos. Las disciplinas reales y corporales han constituido el subsuelo de las libertades formales y jurídicas. El contrato podía bien ser imaginados como fundamento ideal del derecho y del poder político; el panoptismo constituía el procedimiento técnico, universalmente difundido, de la coerción. (…) Las Luces que han descubierto las libertades, inventaron también las disciplinas.” (p. 225; el resaltado es mío – AM-).

Al lado del derecho burgués, cuyo eje es la noción de igualdad jurídica, existe un “contraderecho”, conformado por la malla de disciplinas que envuelve a toda la sociedad y que llega, por intermedio del poder policíaco, a cada rincón de la misma. Los mecanismos e instituciones disciplinarias “desempeñan el papel preciso de introducir unas disimetrías insuperables y de excluir reciprocidades.” (p. 225).

¿En qué consiste y cómo funciona este contraderecho?

Crean entre los individuos un vínculo “privado”, “que es una relación de coacciones enteramente diferentes de la obligación contractual; la aceptación de una disciplina puede ser suscrita por vía de contrato; la manera en que está impuesta, los mecanismos que pone en juego, la subordinación no reversible de los unos respecto de los otros, el «exceso de poder» que está siempre fijado del mismo lado, la desigualdad de posición de los diferentes miembros respecto del reglamento común oponen el vínculo disciplinario y el vínculo contractual, y permitir falsear sistemáticamente éste a partir del momento en que tiene por contenido un mecanismo de disciplina.” (p. 225).

El derecho burgués califica a los sujetos de derecho según normas universales, “las disciplinas caracterizan, clasifican, especializan.” (p. 225).

En conexión inseparable con el derecho burgués, el contraderecho de las disciplinas garantiza el funcionamiento del capitalismo. “Si el juridicismo universal  de la sociedad moderna parece fijar los límites al ejercicio de los poderes, su panoptismo difundido por doquier hace funcionar, a contrapelo del derecho, una maquinaria inmensa y minúscula, a la vez que sostiene, refuerza, multiplica, la disimetría de los poderes y vuelve vanos los límites que le han trazado. (…) [Las disciplinas] Han sido en la genealogía de la sociedad moderna, con la dominación de clase que la atraviesa, la contrapartida política de las normas jurídicas según las cuales se redistribuía el poder.” (p. 226; el resaltado es mío – AM-).

Foucault ubica la prisión “en el punto en que se realiza la torsión del poder codificado de castigar, en un poder disciplinario de vigilar; en el punto en el que los castigos universales de las leyes vienen a aplicarse selectivamente a ciertos individuos y siempre a los mismos; hasta el punto en que la recalificación del sujeto de derecho por la pena se vuelve educación útil del criminal (…) Lo que generaliza entonces el poder de castigar no es la conciencia universal de la ley en cada uno de los sujetos de derecho, es la extensión regular, es la trama infinitamente tupida de los procedimientos panópticos.” (p. 226).

3)    El desarrollo de las disciplinas generó una novedad en el siglo XVIII: comenzó a darse un proceso circular: “formación de saber y aumento de poder se refuerzan regularmente” (p. 227). En las disciplinas, “todo mecanismo de objetivación puede valer como instrumento de sometimiento, y todo aumento de poder da lugar a unos conocimientos posibles; a partir de este vínculo, propio de los sistemas tecnológicos, es como han podido formarse en el elemento disciplinario la medicina clínica, la psicología del niño, la psicopedagogía, la racionalización del trabajo. Doble proceso, por lo tanto: desbloqueo epistemológico a partir de un afinamiento de las relaciones de poder; multiplicación de los efectos de poder gracias a la formación y a la acumulación de conocimientos nuevos.” (p. 227).

El capitalismo del siglo XVIII requirió y desarrolló diversas tecnologías: agronómicas, industriales, económicas. Foucault hace notar que el Panóptico y los desarrollos disciplinarios fueron poco celebrados, al lado de los logros de la Revolución Industrial. ¿La explicación? “El poder que utiliza y que permite aumentar es un poder directo y físico que los seres humanos ejercen los unos sobre los otros. Para un punto de llegada sin gloria, es un origen difícil de confesar.” (p. 227).

Foucault termina la sección planteando la relación entre las técnicas disciplinarias y el surgimiento de las Ciencias Sociales: “lo que esa investigación político-jurídica, administrativa y criminal fue para las ciencias de la naturaleza, el análisis disciplinario lo ha sudo para las ciencias del hombre.” (p. 228).

 

Foucault y el marxismo

Foucault omite algunos puntos importantes en la sección dedicada al Panóptico. Estas omisiones son significativas al momento de abordar, aunque sea de un modo preliminar, la cuestión de las relaciones entre su teoría y la de Marx.

Marx señaló que en el modo de producción capitalista las relaciones sociales (y, por ende, las relaciones de dominación) se vuelven impersonales. En otras palabras, desaparecen o tienden a desaparecer las relaciones de dependencia personal (por ejemplo, la servidumbre feudal). Esta impersonalidad de las relaciones de dominación no es equivalente a la existencia de un poder abstracto, en el sentido de que éste no tiene un centro o un sujeto que lo ejerza. Foucault salta la problemática de las clases sociales, y pasa inmediatamente a la de los cuerpos. A diferencia de los liberales, que plantean el enfrentamiento Individuos vs. Estado, Foucault pone en primer lugar la contienda Cuerpos vs. Poder.

Cuando Foucault afirma que “el poder (…) tiene su principio menos en una persona que en cierta distribución concertada de los cuerpos. (…) Hay una maquinaria que garantiza la asimetría, el desequilibrio, la diferencia. Poco importa, por consiguiente, quién ejerce el poder.” (p. 205), está haciendo una afirmación correcta en términos de individuos (por ejemplo, no es preciso tener un título de nobleza o pertenecer a determinada religión, raza o género para acceder al gobierno). Pero se trata de una aseveración errónea en términos de clase. Dicho de otro modo, en el modo de producción capitalista el poder no puede ser ejercido por la clase trabajadora.

 

Villa del Parque, viernes 5 de abril de 2019

 

NOTAS:

[1] Utiliza un reglamento de fines del siglo XVIII para describir estas medidas. El reglamento se encuentra en los Archives militaires de Vincennes, A 1 516 91 sc. Documento. (p. 199).

[2] Foucault se basa en tres trabajos de Bentham, Panopticon, Postcript to the Panopticon (1791), Panopticon versus New South Wales. Todos ellos están incluidos en Bentham, Works, ed. Bowring, v. IV. (Esta edición consta de 11 volúmenes, publicados en Edimburgo entre 1838-1843. El volumen 4 agrupa los textos sobre el Panóptico, las colonias, la codificación y la constitución.).

[3] “La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales. (…) Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, un movimiento y una inseguridad constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores.” (Marx, K. y Engels, F., Manifiesto del partido comunista, Buenos Aires, Anteo, pp. 38-39).

[4] “La plusvalía absoluta consiste en aumentar la jornada de trabajo ya sea alargándola o intensificándola. La plusvalía relativa procede por alterar las proporciones relativas de las dos partes de la jornada, reduciendo el tamaño del tiempo necesario, es decir, rebajando el valor de la fuerza de trabajo.” (Sartelli, E., La cajita infeliz: Un viaje a través del capitalismo, Buenos Aires, RyR, 2005, p. 170).

[5] “En el transcurso de la producción capitalista se desarrolla una clase trabajadora que, por educación, tradición y hábito reconoce las exigencias de ese modo de producción como leyes naturales, evidentes por sí mismas. La organización del proceso capitalista de producción desarrollado quebranta toda resistencia; la generación constante de una sobrepoblación relativa mantiene la ley de la oferta y la demanda de trabajo, y por tanto el salario, dentro de carriles que convienen a las necesidades de valorización del capital; la coerción sorda de las relaciones económicas pone su sello a la dominación capitalista sobre el obrero. Sigue usándose, siempre, la violencia directa, extraeconómica, pero sólo excepcionalmente. Para el curso usual de las cosas es posible confiar al obrero a las leyes naturales de la producción, esto es, a la dependencia en que el mismo se encuentra con respecto al capital, dependencia surgida de las condiciones de producción mismas y garantiza y perpetuada por éstas.” (Marx, K., El capital: Libro primero, México D. F., Siglo XXI, 1998, tomo 3, p. 922).

[6] Es una variante del problema que tanto preocupó a Auguste Comte (1798-1857), la conciliación entre orden y progreso. “La anarquía social y moral es el resultado de la anarquía intelectual (…). El orden y el progreso, que los antiguos consideraban irreconciliables, deben unirse de una vez por todas. Para Comte, la gran desgracia de su época era que se consideraban contradictorios los dos principios y que estuvieran representados por partidos opuestos.” (Zeitlin, I., Ideología y teoría sociológica, Buenos Aires, Amorrortu, 1997, p. 86).

[7] “Lo misterioso de la forma mercantil consiste sencillamente, pues, en que la misma refleja ante los seres humanos el carácter social de su propio trabajo como caracteres objetivos inherentes a los productos del trabajo, como propiedades sociales naturales de dichas cosas, y, por ende, en que también refleja la relación social que media entre los productores y el trabajo global como una relación social entre los objetos, existente al margen de los productores.” (Marx, K., El capital: Libro primero, México D. F., Siglo XXI, 1998, p. 88).

 

 

 

 

[Fuente: miseriadelasociologia.blogspot.com

 

Busco y encuentro esto: https://efyc.fahce.unlp.edu.ar/article/view/EFyCv07a02/html

El poder disciplinario: la normalización de los saberes y de los individuos

Edgardo José Manuel Castro

Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, UNLP

 

"Non autem regit, qui non corrigit"
(Augustinus, Ennarrationes
in Psalmos
, Ps.
XLIV, 17)

En Foucault, nos encontramos principalmente con dos usos del término "disciplina". Uno en el orden del saber y otro en el del poder. Pero, es necesario subrayarlo, no se trata de dos conceptos distintos. A pesar de que la cuestión de la disciplina desde el punto de vista del poder, es decir, de esas formas de ejercicio del poder que tienen por objeto los cuerpos y por objetivo su normalización, haya sido la que mayormente ha ocupado a los especialistas e interesado a los lectores; no se puede dejar de lado el uso discursivo del concepto de disciplina. Este uso resulta particularmente interesante para iluminar el modo en que Foucault concibe las relaciones entre el saber y el poder. La finalidad del presente artículo es, precisamente, exponer ambos sentidos y sus nexos.

La necesidad de la coerción

Como sabemos, el concepto de gobierno resultará el concepto clave de Foucault a la hora de pensar el funcionamiento del poder. La historia del concepto de gobierno será, entonces, el marco donde situar sus diferentes formas. Para adentrarnos en el concepto foucaultiano de disciplina, con esta intención, nos detendremos en algunas consideraciones históricas.

En una genealogía del estado moderno, sobre todo desde el punto de vista de las formas de ejercicio del poder, de sus formas concretas y efectivas, sería completamente erróneo descuidar el aporte del cristianismo. Y mucho más allá de la filosofía política moderna, esto resulta particularmente significativo respecto del papel que han desempeñado las lecturas de los primeros capítulos del Génesis, aquellos dedicados al paraíso habitado por Adán y Eva. El tópico "estado de naturaleza" ha sido en gran medida subsidiario de éstas.

En este sentido, basta a modo de ejemplo citar el texto de Kant, La religión dentro los límites de la mera razón.

El término disciplina adquirió con San Agustín un nuevo sentido; ya no designa la enseñanza por la cual se perpetúa una manera de vivir, sino un proceso activo de severidad educativa.1 Este cambio refleja lo que puede considerarse el aporte fundamental de Agustín al concepto cristiano de gobierno, es decir, la fundamentación teológica de la coerción. Deberemos volver sobre la importancia y las proyecciones históricas de este cambio, pero es conveniente hacer algunas precisiones a modo de introducción al concepto foucaultiano de disciplina.

Foucault ha insistido repetidas veces en las continuidades que pueden establecerse entre paganismo y cristianismo. Por ejemplo, contra Nietzsche, sostiene que no se puede leer la historia de la ética sexual en Occidente como la oposición entre liberalidad pagana y austeridad cristiana. Los códigos de la conducta sexual (fidelidad matrimonial, continencia, etc.) han sido relativamente estables. En todo caso, han cambiado los "modos de sujeción". También en el orden político resulta históricamente inevitable partir de la continuidad entre paganismo y cristianismo. Así, el ideal filosófico helenista del autoxousion (término que traduce el latín liberum arbitrium), del dominio de sí mismo, reelaborado sirvió para pensar la situación del creyente y su relación con los poderes públicos. Juan Crisóstomo distinguirá, entonces, entre el poder político del emperador, que se sirve de la violencia, de la fuerza ejercida sobre los súbditos, y el poder que se sirve sólo de la palabra y cuya forma es la persuasión. La comunidad de los creyentes, constituida por hombres libres, dueños de sí mismos, no necesita de "magistrados que la corrijan"2, es gobernada por la palabra. No requiere la disciplina, sino la persuasión.

El pensamiento de Agustín, con su doctrina del pecado original y su crítica del liberum arbitrium, justificará, en cambio, el uso de la fuerza con los cristianos y la necesidad de la disciplina.

La falta de Adán habría consistido en la pretensión de considerar su propia voluntad como el principio del dominio de sí mismo. Con otras palabras, el pecado de los orígenes fue un pecado de desobediencia respecto de la voluntad divina. Ahora bien, si bien este pecado de los orígenes no ha sido de naturaleza sexual, sus consecuencias sí. La pena infligida por Dios a la desobediencia de Adán fue la desobediencia misma. De allí en más el hombre será incapaz de obedecerse a sí mismo. Comienza, de este modo, el estado de servitudo, de sumisión. El síntoma de esta incapacidad será la libido, la "carne", la voluntad del hombre no puede gobernar sus órganos sexuales. La coincidencia consigo mismo resulta, de ahora en más, imposible y se requiere de un poder que haga obedecer. El gobierno se vuelve, entonces, en un instrumento de disciplina en orden a la salvación, a la obediencia a Dios.

Pero la interpretación agustiniana tiene otra importante consecuencia: la interiorización del modelo de la guerra. Ella se inscribe, ahora, dentro de un hombre dividido cuya voluntad lucha con la libido, con los deseos de la carne. La disciplina se convertirá de este modo en la técnica para alcanzar la obediencia.

Foucault reconoce que la disciplinarización de la sociedad ha tenido lugar gracias a la progresiva extensión del modelo conventual del espacio cerrado, espacio cuadriculado en que se reparten los cuerpos.3 La tecnología del panóptico aportará lo necesario para generalizar el modelo y transformarlo de espacio de exclusión en espacio de inclusión.

Una anatomía política del cuerpo

La tercera parte de Surveiller et punir (1975) está enteramente dedicada al análisis del poder disciplinario. Aquí Foucault precisa en detalle qué entiende por poder disciplinario, la relación con las ciencias humanas, la significación para la historial social y política moderna.

Se trata de una forma de poder que tiene como objetivo los cuerpos en sus detalles, su organización interna, la eficacia de sus movimientos. En este sentido, hay que distinguirla de las otras formas de poder que también tiene por objeto el cuerpo: la esclavitud (que establece una relación de propiedad), la domesticación (que se define por la satisfacción del capricho del amo), el vasallaje (una relación codificada entre el señor y los súbditos, pero lejana) y el ascetismo cristiano (marcado por la renuncia, no por el fortalecimiento de las capacidades corporales). La disciplina mantiene con el cuerpo una relación analítica. Según el lenguaje de Foucault, nos encontramos con una microfísica del poder, con una anatomía política del cuerpo cuya finalidad es producir cuerpos útiles y dóciles o, si queremos, útiles en la medida de su docilidad. En efecto, el objetivo de la disciplina es aumentar la fuerza económica del cuerpo al mismo tiempo que se reduce su fuerza política. Por ello, debemos considerar la disciplina desde un punto de vista positivo o productivo como generadora de individualidad. La forma de la individualidad disciplinaria responde, según Foucault, a cuatro características. Se trata de una individualidad: celular, orgánica, genética y combinatoria. Cada una de estas características responde a las técnicas del poder disciplinario.

1. La repartición de los cuerpos en el espacio. Para ello, varios procedimientos. La clausura: definición del lugar de lo heterogéneo. La cuadriculación: localización elemental, cada cuerpo en su lugar, tantos espacios como cuerpos. Ubicaciones funcionales: articulación del espacio individual, por ejemplo, con los procesos de producción. La unidad del espacio disciplinar es el rango (a diferencia del territorio, unidad de dominación, y del lugar, unidad de residencia): espacio definido a partir de una clasificación. En otras palabras, se trata de ordenar la multiplicidad confusa, de crear un cuadro viviente.

2. El control de la actividad. Horario: actividades regulares afinadas en minutos. Elaboración temporal del acto: ajustar el cuerpo a los imperativos temporales. Correlación entre el cuerpo y los gestos: el cuerpo disciplinado favorece un gesto eficaz. Articulación del cuerpo con los objetos. Utilización exhaustiva del tiempo.

3. La organización de la génesis. El problema es: ¿cómo capitalizar el tiempo? Dividir el tiempo en segmentos en los que se debe llegar a un término. Serialización de las actividades sucesivas. El ejercicio como técnica que impone a los cuerpos tareas repetitivas y diferentes, pero graduadas.

4. La composición de las fuerzas: articulación y emplazamiento de los cuerpos, combinación de las series cronológicas, sistema preciso de mando.

Para generar la individualidad disciplinada esta técnica de poder se sirve de instrumentos simples:

1. La vigilancia jerárquica: se trata de una serie de técnicas, particularmente ligadas a la distribución del espacio (panoptismo) del ver que inducen relaciones de poder. Las "piedras" de los edificios disciplinarios (a diferencia del "palacio" construido para ser visto y de la "fortaleza" pensada para controlar el espacio exterior) vuelven a los individuos dóciles y cognoscibles. Se trata de hacer posible un poder del ver sin ser visto que asegure su funcionamiento múltiple, automático y anónimo.

2. La sanción normalizadora. Hay un modo específico de castigar en el dominio de lo disciplinario. Para la disciplina no se trata ni de expiar una culpa ni de reprimir, sino de referir las conductas del individuo a un conjunto comparativo, de diferenciar los individuos, medir capacidades, imponer una "medida", trazar la frontera entre lo normal y lo anormal. Por ello, la "norma" se distingue del concepto jurídico de "ley" (cuya referencia son los códigos, se propone diferenciar actos, distingue entre lo permitido y lo prohibido). Mientras la ley separa y divide, la norma en cambio pretende homogeneizar. La norma funciona en un sistema binario de gratificación y sanción; para ella, castigar es corregir.

3. El examen. Técnica que combina la mirada jerárquica que vigila con la sanción normalizadora. En ella, se superponen relaciones de saber y de poder. En el examen se invierte la economía de la visibilidad en el ejercicio del poder, el individuo ingresa en un campo documental, cada individuo se convierte en un caso (la individualidad tal como se la puede describir). A diferencia de otras técnicas de poder, nos encontramos con una individualización descendente. El examen es la forma ritual de la disciplina.

"Todas las ciencias, análisis o prácticas con raíz "psico-", tienen su lugar en esta inversión histórica de los procedimientos de individualización. El momento en que se ha pasado de mecanismos histórico-rituales de formación de la individualidad a unos mecanismos científico-disciplinarios, donde lo normal ha relevado a lo ancestral, y la medida al estatuto, sustituyendo así la individualidad del hombre memorable por la del hombre calculable, ese momento en que las ciencias del hombre han llegado a ser posibles, es aquel en que se utilizaron una nueva tecnología del poder y otra anatomía política del cuerpo. Y si desde el fondo de la Edad Media hasta hoy la 'aventura' es realmente el relato de la individualidad, el paso de lo épico a lo novelesco, del hecho hazañoso a la secreta singularidad, de los largos exilios a la búsqueda interior de la infancia, de los torneos a los fantasmas, se inscribe también en la formación de una sociedad disciplinaria".4

El proceso de disciplinarización de las sociedades occidentales modernas puede ser visto como un proceso que va del espacio de la cuarentena, para afrontar la peste, al espacio del panóptico tal como lo describe Bentham. La organización del espacio de la cuarentena disciplinaba el espacio de la exclusión. Se trataba de un estado de excepción que funcionaba a partir de la amenaza de muerte (a quien abandonara los límites de la cuarentena o el lugar que se le había asignado). El panóptico, en cambio, es un modelo generalizable de vida, una tecnología política que es necesario separar de todo uso específico. El panóptico es una máquina de disociar el ver del ser visto, de este modo, reduce el número de quienes ejercen el poder al mismo tiempo que aumente el número de aquellos sobre quienes se ejerce. Se automatiza (no es necesario el ejercicio actual y efectivo de la vigilancia, basta el lugar del control) y se desindividualiza el poder (no se sabe quien vigila). Aunque discontinua en su acción, la vigilancia resulta permanente en sus efectos: induce en los individuos un estado consciente y permanente de vigilancia.

En este proceso de disciplinarización, se debe señalar:

1. La inversión funcional de las disciplinas: no sólo evitan un peligro, acrecientan la utilidad posible de los individuos.

2. La difusión de los mecanismos disciplinarios: su extensión y desinstitucionalización.

3. La estatización de los mecanismos de la disciplina: la policía.

Si la investigación judicial, tal como se delineó en el medioevo, fue la matriz jurídico-política de las ciencias empíricas; la disciplina ha sido la matriz política de las ciencias humanas. Mientras la primera pudo independizarse de su contexto político, ligado a las formas del poder; la segunda, en cambio, está íntimamente ligada.

La norma y la normalidad

Les mots et les choses (1966) se propone como una arqueología de las ciencias humanas. Por ciencias humanas es necesario entender tres regiones: una región psicológica, una región sociológica, otra donde reinan las leyes y las formas del lenguaje.5 Cada una de estas regiones aparece, en el análisis de Foucault, como la prolongación en el orden de la representación de la biología, de la economía y de la filología. En realidad, y para ser más precisos, estas regiones se encuentran delimitadas no sólo por las tres ciencias que acabamos de mencionar, sino también por la analítica de la finitud (la disposición antropológica del pensamiento moderno) y las ciencias formales como la matemática. Aunque éstas últimas han desempeñado, en la formación de ciencias humanas, un papel menor. Las ciencias humanas se mueven fundamentalmente en el espacio que va de las ciencias (la fisiología, la economía, la filología) a la analítica de la finitud; su tarea consiste en pensar lo que hace posible la representación de la vida, del trabajo del lenguaje. En esta tarea, se pueden distinguir tres modelos constitutivos de las ciencias humanas, tres pares de nociones que provienen, precisamente de la fisiología, de la economía y de la filología, respectivamente: funciones y normas, conflicto y regla, sentido y sistema. Es aquí donde emerge, en el pensamiento de Foucault, la relevancia del concepto de norma.

Como sabemos, en las obras posteriores a Les mots et les choses, Foucault situará el advenimiento de las ciencias humanas en el contexto de las prácticas no-discursivas; abandonando, de este modo, una concepción demasiado monolítica de la episteme. La cuestión de la norma y de la normalidad, entonces, debe ser enfocada a partir de las relaciones estrechas entre formas del saber y formas del poder. Desde este punto de vista, la cuestión teórica de la normalidad aparecerá como la otra cara del poder disciplinario.

Ahora bien, el concepto foucaultiano de norma se delinea a partir de su oposición al concepto de ley, como se oponen la regla natural a la regla jurídica. La ley se presenta como la expresión de la voluntad soberana que se cristaliza en los códigos y la jurisprudencia. En ellos, las conductas son ordenadas y calificadas en torno al eje permitido/prohibido. La trasgresión, respecto de la ley, tiene lugar cuando una determinada acción supera este límite; entonces, entran en funcionamiento los instrumentos de la ley, los tribunales y el aparato judicial en general. La condena tiende a la exclusión de los infractores. La norma, en cambio, no es la expresión de la voluntad soberana, sino de una cierta "media" en relación con lo que se considera lo regular de una función (biológica, psicológica, sociológica). Respecto de la norma, más que de trasgresión, hay que hablar de desviación. Funciona, por ello, no en relación a lo permitido y lo prohibido, sino en relación con un campo de comparación y diferenciación (la normalidad) que afecta todos los comportamientos del individuo o del grupo, toda su vida, en orden a su inclusión.6

"Quisiera remitir a un texto que encontrarán en la segunda edición del libro de G. Canguilhem sobre Lo normal y lo patológico [...]. En este texto, donde se trata de lo normal y la normalización, hay algunas ideas que me parecen histórica y metodológicamente fecundas. Por un lado, la referencias a un proceso general de normalización social, política y técnica, que se desarrolla en el siglo XVIII y que produce sus efectos en el dominio de la educación, con las escuelas normales, de la medicina, con la organización hospitalaria, y en el dominio de la producción industrial. Y se pude agregar también, en el dominio del ejército. [...] Encontrarán también, siempre en el texto al que me refiero, esta idea, que creo importante, que la norma no se define como una ley natural. Sino por la función de exigencia y de coerción que es capaz de ejercer en los dominios en los que se aplica. La norma conlleva, por consecuencia, una pretensión de poder. La norma no es ni simplemente ni sobre todo un principio de inteligibilidad; ella es un elemento a partir de cual se fundamenta y se legitima un poder. Concepto polémico, dice G. Canguilhem. Se podría decir, político. En todo caso, y esta es la tercera idea que considero importante, la norma conlleva consigo, a la vez, un principio de calificación y un principio de corrección. La norma no tiene la función de excluir, de rechazar. Ella, al contrario, está siempre vinculada con una técnica positiva de intervención y de intervención, a una especie de proyecto normativo".7

La disciplina: forma de control discursivo

En su lección inaugural en el Collège de France, L'ordre du discours (1971), Foucault plantea la hipótesis según la cual en toda sociedad la producción de discursos está organizada y controlada por varios mecanismos cuya finalidad consiste en conjurar los poderes del discurso.8 Algunos de estos procedimientos se ejercen desde afuera. Nos encontramos así con toda una serie de mecanismos de exclusión. Prohibiciones: el tabú del objeto (de qué no se puede hablar), el ritual de la circunstancia (en cuáles situaciones se puede hablar). Particiones: razón y locura, verdadero y falso. Otros son procedimientos internos; se trata del control que los mismos discursos ejercen sobre los discursos. Es aquí donde aparece la "disciplina" junto al "comentario" y al "autor".

A diferencia del autor, la disciplina define un campo anónimo de métodos, proposiciones consideradas como verdaderas, un juego de reglas y definiciones, técnicas e instrumentos.9 A diferencia del comentario, no persigue la repetición de lo ya dicho, sino que exige la novedad, la generación de proposiciones todavía no formuladas. De este modo, la disciplina, como procedimiento discursivo de control de los discursos, establece las condiciones que debe cumplir una proposición para entrar a formar parte del campo de lo verdadero: de qué objetos se debe hablar, qué instrumentos conceptuales o técnicas tienen que utilizarse, en qué horizonte teórico debe inscribirse.

Así, según el ejemplo que utiliza Foucault, la tesis de Mendel, según la cual lo hereditario es del orden de lo discreto, no se inscribía en el campo de la biología de su tiempo, no se ajustaba a la disciplina que estudiaba la vida. Se requerían otros fundamentos teóricos y nuevos conceptos. Para que aquello de lo que hablaba Mendel entrase en el campo de la biología, era necesario que ésta cambie su forma disciplinaria.

La disciplinarización de los saberes, la universidad moderna

El curso de 1976, "Il faut defender la société" (publicado en 1997), está dedicado, como sabemos, a poner a prueba la "hipótesis Nietzsche" acerca del poder. Foucault se preguntaba cuál era el discurso que habría invertido la célebre afirmación de Clausewitz, "la guerra es la continuación de la política por otros medios". Se preguntaba, entonces, por aquel discurso que afirmaba que "la política es la continuación de la guerra por otros medios". Foucault quería poner a prueba la idea según la cual la forma general del poder es la "guerra", la "lucha", la "oposición". Partiendo de aquí, lo que de hecho nuestro autor lleva adelante, según una expresión de "Nietzsche, la génélogie et l'histoire"10 , es una genealogía del saber histórico o, mejor, de la historiografía moderna. Ahora bien, desde el momento en que la historia se convirtió en el arma fundamental del discurso histórico (se refiere a ese proceso de transformación del saber histórico que comienza con H. de Boulainvilliers y se cristaliza en la Revolución), se convierte entonces en un problema de estado. Foucault hace particularmente mención de las tareas que el último monarca absoluto, Luis XVI, asignó a Jacob-Nicolas Moreau: reunir los documentos de la administración, ponerlos a disposición de la misma administración, disponerlos para las investigaciones sucesivas. En pocas palabras, un verdadero ministro de la historia.

A diferencia del historiador de las ciencias, que se interroga sobre la relación entre el conocimiento y la verdad, el genealogista se pregunta por la relación entre el discurso y el poder. ¿Cuál es, entonces, la relación entre saber histórico y administración estatal? Foucault responde aplicando a los saberes la "hipótesis Nietzsche". A fines del siglo XVIII asistimos a una intensa lucha entre saberes múltiples, especialmente entre los saberes técnicos y tecnológicos. El estado intervendrá, según nuestro autor, en esta lucha de cuatro maneras: 1) eliminación de los saberes inútiles, 2) normalización de los saberes, 3) clasificación jerárquica y 4) centralización piramidal. "El siglo XVIII ha sido el siglo de la disciplinarización de los saberes.11

A partir de esta disciplinarización de los saberes, algunas consecuencias fundamentales. En primer lugar, la aparición de la ciencia. Allí donde había una multiplicidad de ciencias y conocimientos heterogéneos y, a veces, dispersos, nos encontramos ahora con un campo homogéneo. Este campo así estructurado desplazará de su lugar en el campo del conocimiento a la filosofía y a la mathesis. La filosofía deja de desempeñar su papel de fundamento de los saberes y lugar de la comunicación entre ellos; el proyecto de una mathesis como ciencia formal de todo saber posible también pierde sentido. En segundo lugar, la aparición de la universidad moderna (la universidad napoleónica) como aparato uniforme de los saberes. En tercer lugar, un cambio en la forma del dogmatismo, se pasa de la ortodoxia de los enunciados a la ortología de la enunciación. El control ya no se ejerce sobre lo que se dice, sobre el contenido, sino sobre la pertenencia del enunciado a una disciplina.

Bibliografía

BROWN, P. (1971) La vie de Saint Agustin, Paris.

FOUCAULT, M. (1975) Surveiller et punir, Gallimard, Paris.

FOUCAULT, M. (1966) Les mots et les choses, Gallimard, Paris.

FOUCAULT, M. (1994) Dits et écrits, vol. IV, Gallimard, Paris.

FOUCAULT, M. (1997) Il faut défendre la société, Gallimard, Paris.

FOUCAULT, M. (1999) Les anomaux, Gallimard, Paris.

FOUCAULT, M. (1971) L'ordre du discours, Gallimard, Paris.

FOUCAULT, M. (1994) Dits et écrits, vol. II, Gallimard, Paris.

SENELLART, M. (1995) Les arts de gouverner. Du regimen médiéval au concept de gouvernement, Paris.

__________

1 Cf. SENELLART, M. (1995) Les arts de gouverner. Du regimen médiéval au concept de gouvernement, Paris. BROWN, P. (1971) La vie de Saint Agustin, Paris, p. 279.

2 Cf. Ibidem, p. 73.

3 Cf. FOUCAULT, M. (1975) Surveiller et punir, Gallimard, Paris, pp. 143-144.

4 Ibidem, p. 195. Tomamos la traducción española (Vigilar y castigar, FCE, Buenos Aires, 2002), pero la corregimos.

5 Cf. FOUCAULT, M. (1966) Les mots et les choses, Gallimard, Paris, p. 367. Trad. Esp. : las palabras y las cosas.

6 Cf. FOUCAULT, M. (1994) Dits et écrits, vol. IV, Gallimard, Paris, p. 199. FOUCAULT, M. (1997) Il faut défendre la société, Gallimard, Paris, pp. 34, 71. FOUCAULT, M. (1999) Les anomaux, Gallimard, Paris, p. 46.

7 Les anormaux, op. cit., pp. 45-46. La traducción es nuestra.

8 Cf. FOUCAULT, M. (1971) L'ordre du discours, Gallimard, Paris, pp. 10-11.

9 Cf. FOUCAULT, M. (1971) L'ordre du discours, Gallimard, Paris, p. 32.

10 Cf. FOUCAULT, M. (1994) Dits et écrits, vol. II, Gallimard, Paris, p. 152.

11 FOUCAULT, M. Il faut défendre la société, op. cit., p. 161.

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