Biorritmos o tamagotchis muertos

 


2025 02 22

 

La nueva lucha de clases: silencio, introspección, mutismo, afasia, mudez, afonía.

Confundida con paz, sosiego, tranquilidad, calma, reposo.

Ha sido leer el título de esa obra de Zizek, y dejar a un lado todo el romanticismo que se espera de mí un sábado antes de las seis de la mañana.

La inmadurez me persigue.

Trato de leer algo interesante pero fácil a la vez. Me veo sumido en el aletargamiento del siglo XXI, cuando los que nazcan hoy, tengan serias posibilidades de ver el siguiente siglo.

Ella anda tumbada, oigo el silbido de su respiración mientras tecleo en mi ordenador, para convertir en praxis mi reflexión, mi silencio, mi inactividad.

Podría preparar un desayuno, o coger el coche y acercarme a la churrería que acaba de abrir sus puertas. Podría desnudarme otra vez, y volver al lecho caliente, cerrar los ojos y esperar a que se despierte.

Despertar acompañado puede ser un gran consuelo.

Practicar el verso libre amparado en los arañazos recientes de sus garras me parece demasiado obsceno. La sexualidad debe dejarse a un lado, cuando se está saciado. Se debe de hablar de ella, cuando se echa de menos.

Las cumbres de su cuerpo han sido mi deporte favorito durante un rato, ahora toca preguntarse el por qué seguir andando. Escalar es para los intrépidos de espíritu. Cuando se hace eco en la vida diaria, se dice de ellos: temerarios.

Temeroso, por omitir la pasión por la razón, así me hallo.

Me asomo al balcón, abro las ventanas para dejar entrar el aire fresco. No temo despertarla. Hace demasiado frío, me giro y se retuerce como un puerco espín; recogiendo plácida sus defensas entre las sábanas. Vuelvo a mirar al horizonte. La lucha de clases no existe, es la invención de un camarada que no había follado desde la última vez que pagó por ello. Su mujer yacía en la cama soñando con aventuras fugaces de personajes cinematográficos, él no aportaba nada.

Mis dientes dicen algo parecido de mí.

Aunque no haya besos, no se disfruta del sexo apasionado. El sexo sin una gota de amor es lucha de clases. Alguno de los dos supera con creces al otro. Alguno disfruta, alguno fracasa.

La vida sin amor es como un viaje a la Atlántida, un sueño erróneo. La vida sin amor es un paseo por Siberia en calzoncillos o en bragas. Allí no puede haber lucha, sólo silencio, afasia, desesperación. La frustración por esa sensación, hace mover las piernas congeladas en busca de sol, de una piel caliente que haga mover la circulación; busca un electroshock que haga despertar al cerebro para poder gritar, al menos.

La queja, que no la lucha, ese es el sino del desenamorado, del solitario, del ermitaño que un día paseo por altas cumbres, y todavía tiene recuerdo de ellas.

La memoria, cruel traicionera.

Igual sería mejor seguir con el plan e ir a la feria de la mascota y comprarme una pecera con una pareja de peces naranjas. Jugar al tamagotchi con ellos una temporada, hacer de padre durante un mes de febrero, y renovar su agua y sus almas según las indicaciones del vendedor escritas en una nota a mano en hebreo sílfico.

Desmenuzar la lucha de clases se está pareciendo a un cuento trágico escrito por Ovidio. Sus Metamorfosis tienen más gracia que mi desvarío por encontrar un pez en mi pecera. Aquí no puede haber más lucha, que la de mi ego contra el sueño y la atrofia de mis dedos.

Me vuelvo a arropar en mi pecera, quizás mis falanges me puedan acercar a ti de otra manera.

Triste biorritmo el mío, que me hace despertar a las cinco de la mañana, cuando tus sueños están en otra escala, descoordinados de los míos. Tan lejanos, que la lucha se hace como en el cercano siglo XXII: a distancia. A una evitable distancia, tan fácil de salvar con una llamada de auxilio a las siete de la mañana pidiendo un chocolate caliente y unas porras. Mi respuesta será previsible: ¿quieres zumo también? No te levantes de la cama, cuando llegue, ya abro yo las ventanas después de viciar el ambiente entre las sábanas.

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