Vértigos metrados

 


2025 02 26


Supongo que yo también tengo vértigos... Espero que se te vayan pasando.

Leo mucho, o ni siquiera lo suficiente... Analizo demasiado, y trato de buscar el contrapunto que pueda tener en mi parlanchín teclado.

Ahí es donde el vértigo me puede. Los acantilados son charquitos que yo, con mi espíritu juguetón, hago parecer océanos en los que saltar...

Bajaré a por leche sí. Y, no prometo nada; intentaré no acercarme a las cartas de amor de Ovidio, esas sin respuesta...

Quince fueron así escritas, quince mujeres distintas, quince historias de amor diferentes, quince diosas profanadas por elegías metradas del poeta del amor por antonomasia...

Escuché de él, que no se le conoce ninguna amada, ni amante... Sólo el exilio al que fue condenado por excesivo, pervertido, burlón, obsceno, lascivo; cuando empezó a asomar el cristianismo, se puede tomar como verdad del poeta del amor.

Me atrofio al hablar, la afasia es renuncia... La escritura no puede suplir el encantamiento de la piel.

Empiezo otra vez con los vértigos, bajo a por leche. Igual con eso y un poco de fútbol en la tele se me pasa el mal rato de querer ser un dios mitológico con los deseos más mundanos de un apóstata pordiosero…

Quizás así escribo lo que tengo que escribir, que un cuerpo que no me pertenece, lo ansío, lo quiero para mí, con mis tiempos y mis lógicas cuánticas, sin matemáticas ni pasado, ni probabilidades que lo desorienten de mi regazo, sin vacaciones en Benidorm…

El descanso que lo encuentre en mi apartamento. Deshaciendo la cama una y otra vez. Los descansos se regirán por la naturaleza, los silencios estarán repletos de disonancias magnéticas, guisadas a fuego lento, sin algoritmos que desdeñen la imaginación que sale de tus labios, la crudeza del filosofar de un bohemio industrial, en el que me he convertido a base de martillazos. Con cortes en las manos que besar, heridas en una piel suave que acariciar… Por ti, ¿por quién sino?

La embriaguez llegará, pedirás irte, pediré descansar de ti. Es sano hacer del BOE, del trabajo mecánico, una desconexión del lascivo arte del amor por amar… Es diagnosticado por los mejores poetas, por los cardiólogos, por los creyentes que pecan… A menudo se cae en el pecado, que el nuestro sea la rutina para llevar pan a casa.

Escuché (leí) que “no éramos únicamente felices sino elegidos para la trascendencia”… Que un bloque de ladrillos apilados sea nuestro castillo encantado, nuestro abanico que en su diccionario quiera alejarnos del estropicio y dejarnos a solas, semidesnudos, cubiertos con la frágil túnica de la desvergüenza, disfrazados de furcias entregadas a su oficio, vestidos con un antifaz que muestre la sonrisa en el encuentro acelerado de dos almas enfermas, sabedoras que para sanar, necesitan una de la otra, como la flor del robo de la abeja de su néctar, para florecer allá donde el asfalto se resquebraja...


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