Ensayando desnudo

 


2025 03 05

 

En realidad estoy esperando el momento para tener veinticuatro horas para escribir, para leer, para cuidar mi cuerpo hasta que a los cincuenta pueda desaparecer, como Henry.

Sé de las consecuencias. Sin presión no juego igual al juego de la vida. Vagaré como un fantasma por el pasillo, tomaré mucho café, poca carne, menos alcohol si cabe que hasta ahora… Pero lo añoraré todo.

La silla que me ancle, dormir a pierna suelta, el chuletón sazonado, el coma etílico, la afasia, la demencia senil prolongada.

Tu cuerpo no le echo de menos, hace tiempo que se convirtió en estatua de cobre, fundida por todas las guerras que necesitaron de su mineral para matarse con armas de fuego, mirándose cara a cara.

Estoy preparando el momento, pellizcando levemente mi trasero para no acudir al médico a por medicamentos que lo espabilen.

No creo en los alquimistas del sueño, no puedo soportar a todo aquel que especula con el silencio, con una buena retórica, con la pretensión de dar respuesta a mis preguntas. No lo pudo hacer Platón y hay pretenciosos que estudiando cuatro años o ciento veinte, pretenden diagnosticar mi cordura como un leve cuadro de ansiedad posmoderna… ¡Váyase al carajo!

Siendo como soy, tremendamente humano, vaticino mi muerte antes de llegar a los cincuenta; sea del siglo que arruinamos insistentemente, o sea de mi calendario.

Pero antes tengo que terminar mi obra maestra. Matar a todos los humanos que matan el tiempo visitando su lugar de trabajo como reyes de un harén, y ocupando su casa como mendigos de cualquier albergue para refugiados. Invisibles donde su luz debiera ser faro, deslumbrantes donde el patrón busca la imitación artificial, la simbiosis espectral con las máquinas que te rodean.

Mendigo el proletario, llámese juez o barrendero, autónomo o asalariado.

Benditos los que brillan en la intimidad, sin focos intermitentes que les hagan confundir el paso de las cuatro estaciones.

Sapere aude. Atreverse a conocer eliminando el algoritmo de tus búsquedas es todo un ensayo en estos tiempos que corren. Recuerdo que así se tituló el primer libro: Ensayo de recuerdos. Desmantelar un a priori poco razonable como es un algoritmo, es tan audaz como enfrentarse a un oso con las manos desnudas. Distraer a la alarma del móvil, despertando dos, o tres horas antes de acudir al trabajo, siendo analógico durante más de cinco horas al día, es ser osado.

Quizás la vida consista nada más que en eso: ensayo y error. Un método científico que removió los planetas, curó la malaria, nos hizo coger demasiada velocidad surcando los cielos… ¿Para qué? Para multiplicar el algoritmo de forma exponencial sin tener en cuenta a los supervivientes.

Voy a seguir leyendo a Kant, debo ahuyentar mis miedos, debo ausentarme de mi zona de confort y volar a ras de suelo sin paracaídas… Todo un reto para el que salta en charcos de lodo, sin ver su fondo, descalzo, desnudo de pies a cabeza...

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